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La patria interior de López Velarde
Especiales

Por: Mtro. Simitrio Quezada


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26 de junio de 2012
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La patria interior de López Velarde

Simitrio Quezada*

 

No se trata de cambiar a nuestro país –y menos aún de arriba para abajo– sino de devolverle su capacidad creadora, un pueblo que ha levantado Teotihuacán y ha construido Morelia y Puebla, que ha producido una Sor Juana Inés de la Cruz y un Ramón López Velarde, no es un pueblo condenado, por más grave que haya sido el fracaso de este siglo y medio.

Octavio Paz

 

Al considerar genéricamente a todo periodista como testigo e informador de su realidad, el poeta Ramón López Velarde se convierte en uno sobrio, pero fundamental por su ánimo íntimo e íntegro.

En efecto, López Velarde es el expositor objetivo de las entrañas de un México que busca la estabilidad económica y social. Unas décadas antes del surgimiento de lo que conocemos como Nuevo Periodismo, el jerezano irrumpe en la escena nacional con una visión novedosa: la del examen de una provincia que es parte del país, que contiene la pulpa aledaña al hueso de la capital, parva metrópoli donde por cierto subyace cierta efervescencia políticosocial.

En el inicio de su artículo Novedad de la patria, el vate periodista expone la imagen de una patria anterior “pomposa, multimillonaria, honorable en el presente y epopéyica en el pasado”, para luego acotar que “han sido precisos los años del sufrimiento para concebir una patria menos externa, más modesta y probablemente más preciosa” .Se refiere, claro, a la reciente justa maderista que llevó como fatal epílogo la llamada decena trágica que orquestó la embajada estadunidense.

En la consideración editorial que deja López Velarde radica el germen, considero, de lo que poco después llegará al papel como La Suave Patria, texto que es ya no periodismo sino poesía, pero con la misma concepción y el mismo sentido de una realidad que es más panorama que revelación.

El periodista López Velarde abandona la resonancia de México en un contexto global para recogerse, como los frailes de su bizarra capital, en la contemplación de un Jerez de alameda que es microjungla y patria del tamaño de una panadería y gloria de la magnitud de juegos pirotécnicos en el pueblo.

Ya en otro hermoso poema escudriñará nuestro padre soltero lo que hay detrás de lo que no vivió: “Si yo jamás hubiera salido de mi villa, / con una santa esposa tendría el refrigerio / de conocer el mundo por un solo hemisferio”. Contrastemos eso con la que propongo como segunda exposición periodística de su Novedad de la Patria: “El instante actual del mundo, con todo y lo descarnado de la lucha, parece ser un instante subjetivo”.

Es decir, el solemne provinciano parece tomarnos de la solapa para gritarnos que los grandes periodistas “globales” –permítaseme el término– son novelistas que nos hablaron siete años antes, 1914, de una guerra mundial que México no vivió, y también de una revolución campesina contra poderosos llamados zares (“y las familias que oyen hablar de Lenin se alumbran con la palmatoria del Barón de la Castaña”, dirá más adelante nuestro periodista), dentro de un territorio muy vasto y muy hosco, pero también bastante alejado de las torres de la parroquia de La Virgen de la Soledad o, si querer ser “centralistas”, del pequeño atrio del templo de San Juan de Dios, en el centro histórico de la Ciudad de México.

Lo que importa, o más bien lo que queda, es quién soy yo y cuál es mi magia, no tanto quién es el otro, el desconocido que jamás conocería. Lo que importa, traduzcámoslo en ese ámbito global que casi no interesa frente a nuestro interior, es el Conócete a ti mismo promovido por los griegos, abanderado por los latinos, cultivado alguna vez por los españoles y traído a estas tierras de nahuas, chichimecas y zacatecos conversos al cristianismo tradicional de recogimiento y examen de conciencia.

La patria hacia adentro que propone López Velarde en su faceta de periodista, “la hemos descubierto a través de sensaciones y reflexiones diarias, sin tregua, como la oración continua inventada por San Silvino.

La miramos hecha para la vida de cada uno. Individual, sensual, resignada, llena de gestos, inmune a la afrenta, así la cubran de sal. Casi la confundimos con la tierra”. Con esto qué falta para descubrir que el periodista delata lo que el poeta en él está a punto de escribir, su texto más consagrado.

Aun así, como para recobrar al más despistado, insiste: “Un gran artista o un gran pensador podrían dar la fórmula de esta nueva patria”.

Ramón Modesto López Velarde Berumen honra uno de sus nombres y es un modesto sinvergüenza que emprende cierto reportaje sobre La Suave Patria que aún no publica, pero quizá a estas alturas ya tiene en borrador o fragmentos. Reconoce sin más que “a la nacionalidad volvemos por amor... y pobreza.

Hijos pródigos de una patria que ni siquiera sabemos definir, empezamos a observarla. Castellana y morisca, rayada de azteca, una vez que rascamos de su cuerpo las pinturas de olla de silicato, ofrece -digámoslo con una de esas locuciones pícaras de la vida airada- el café con leche de su piel”.

El periodista intenta serlo tanto que objetivamente reconoce la limitación de su oficio y postula: “La alquimia del carácter mexicano no reconoce ningún aparato capaz de precisar sus componentes de gracejo y solemnidad, heroísmo y apatía desenfado y pulcritud, virtudes y vicios, que tiemblan inermes ante la amenaza extranjera, como en los Santos Lugares de la niñez temblábamos al paso del perro del mal”. Allí donde no alcanza a llegar el rigor editorial, tendrá que colarse la maleabilidad de las metáforas y las rimas pensadas por más de 48 horas cada una, de acuerdo con una de las leyendas forjadas en torno al poeta López Velarde.

Llega un momento, casi al concluir su texto, en que el hombre vestido de negro clama en su periodismo que la patria “únicamente quiere entusiasmo”. Precisamente es ahí donde, como dicen que hacía Juan XXIII después de cada misa pomposa, López Velarde parece tumbar deliberadamente sus hábitos de periodista y descubre su propia patria interna: la de un enamorado no sólo de los versos, último recurso para describir su entorno inmediato, sino también amante de esa patria que lo forjó “por entero / al golpe cadencioso de las hachas / entre risas y gritos de muchachas / y pájaros de oficio carpintero”.

Desde la manida visión objetiva, a este periodista le brotan brazos para alcanzar a abarcar esta realidad. Por eso se vuelve poeta, para ser multiobservador. Con esto se derriba el mito de que todo escribidor de poemas evade la realidad, y la prueba más fehaciente es que La Suave Patria queda con más resonancia que el editorial Novedad de la Patria, pero no sólo eso: el poema en cuestión es el mejor reportaje que se ha hecho jamás sobre la verdadera vida nacional en el verdadero México: el rico y cotidiano de provincia, donde lo interior se desborda y termina cubrirnos por completo ante los ojos del mundo y de las generaciones que lleguen.

 

*Maestro en Escritura Creativa

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